sábado, 9 de abril de 2011

se conocieron en medio del pasamanos.

Se conocieron en medio del pasamanos, ¡no saben lo fácil que es perder una zapatilla desde ahí! Ella le vio la media, de un azul tan rojo y supo: "es mío".
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Los dos eran largos, tenían brazos largos, piernas largas, cuellos largos.
Él, con un amigo de su papá, con pelo largo y libro.
Ella, con su nana, de cara y uniforme blancos.
Él, bermuda, polo gris de manga corta y medias azules (de ESE azul).
Ella, vestidito rojo con cuello azul marino, por encima de las rodillas.

Se conocieron en medio del pasamanos. El sol calentaba el fierro de los tubos, tibios.

A ella le gustaba porque su cuerpo ligero, fácil, entregado a la nada, rápido; el rojo de su vestido guiñándole un ojo a la gravedad (aunque ella no lo supiera explicar).
A él le gustaba porque sus brazos fuertes, un montón de rato, y porque era como no estar en ningún sitio.
Por eso mientras ella lo pasa ligera casi volando él sube, avanza hasta la mitad y se queda colgando, como una sábana recién lavada (de chiquito las envidiaba, no entendía porqué, pero es que todo lo colgado parece tan feliz...)
Cierra los ojos y siente el sol en los nudillos de sus manos, que apretan los tubos con fuerza, y sus brazos, sí, son fuertes.
A ella, luego de la arena y el túnel, siempre le provoca colgarse. Ya lo había visto de lejos, colgado, cuando todavía le faltaba quitar la arena de medio túnel. Se concentró en recogerla toda y dejar el túnel limpio, le desesperaba un poco saber que era arena que sobraba, caída de pantalones, zapatillas o rodillas, y que aprovechaba la oscuridad para quedarse ahí: era un error, esa arena dentro del túnel. Por eso cada vez que iba lo primero que hacía era quitarle todas las sobras de arena al túnel. Pero esa vez también le daba tiempo a él para que saliera del pasamanos. Le tardó horas de horas limpiarlo todo, ¡miles de horas! Salió con el cuerpo entumecido, con las manos grises, y el vestido, las rodillas y la cara también grises. Necesitaba recorrer el pasamanos y que la arena vuele, y su vestido y ella misma, después del túnel. Se acercó corriendo, dando pasos largos, cada vez menos gris. N. conversaba con otras nanas, un poco lejos de ahí, en una banca de las de atrás, entre la resbaladera y los columpios.
Trepó por los tubos de la escalera rápido, de dos en dos, puso sus manos en la primera de las veinte barras del pasamanos, e impulsándose con las piernas, quedó colgando. Recién cuando se disponía a poner la mano derecha en la segunda barra (y luego, rápidamente, la izquierda -a pesar de lo largo de sus brazos todavía no alcanzaba a hacerlo con una sola mano-), lo volvió a ver. Seguía colgado, en el medio del pasamanos, sin moverse y con los ojos cerrados. Pero no estaba dormido, porque cuando se apreta los ojos así se nota que no se está dormido, por eso cuando ella se hace la dormida cierra los ojos como si mirara algo, y como si mirara algo muy interesante, para que no se le apreten solitos de pronto. Aparte, no se puede dormir en esa posición, colgando del pasamanos.
Por un momento pensó en soltarse (igual nunca le había dado miedo soltarse desde alto, menos ahora que estaba más alta que el verano pasado), pero después pensó que no, porque no era justo, porque él se había pasado como cien horas colgado y el pasamanos era de todos y aún más de ella que hace cien años había puesto la primera letra de su nombre (el resto todavía no le salía bien en esa época) en la parte de abajo de la escalera y aparte ella había aprendido a recorrer el pasamanos también hace años, y en cambio a él no lo había visto nunca... Aunque eso sí, había que reconocer que era raro que pueda estar tanto rato colgado sin caerse y sin que las manos le duelan horrible y se le pongan rojas, y de verdad no parecía que le dolía nada.
Bueno, así que decidió ir avanzando, pero no tan rápido como le salía desde su cumpleaños, para darle tiempo a él de que se suelte antes de que ella llegue. "En algún momento tiene que abrir los ojos, me va a ver y va a soltarse", pensó. Avanzó lento, y así cansaba más rápido, pero ella nunca se soltaba por cansancio. Ya había avanzado cinco barras, y él ni cuenta. Siguió. Le faltaban tres barras para llegar, y él ni siquiera había abierto los ojos. Llegó a la barra anterior. Estuvieron frente a frente cuatro segundos, ¡horas!, mientras ella estudiaba sus opciones: asustarlo para que se caiga, soltarse o pasar por el costado; felizmente con L. había aprendido a hacerlo el verano anterior. Decidió lo último a pesar de que iba a ser más difícil, porque cuando lo hacía con L., L. también quería hacerlo y por eso se ponía bien pegada al borde y entonces ella podía pasar, en cambio él no sabía lo que iban a hacer (o lo que ella iba a hacer) y se había colgado justo en el medio. Aún así decidió hacerlo. Juntando todas sus fuerzas, conteniéndolas en movimientos suaves y precisos, acomodó su mano derecha al lado de la mano derecha de él. Lo miró: inmóvil. Lentamente trajo su mano izquierda y la acomodó al lado de la derecha, muy pegada al borde porque casi no tenía sitio.
Durante unos segundos sintió que no pesaba nada.
Estuvieron colgados de la misma barra como mil horas, porque los brazos de ella de pronto no entendían que había que pasar rápido, que una vez que estuviera en la siguiente barra todo habría terminado, que luego sólo quedaba llegar al final y habría ganado, y podría contarle a L. que ya puede hacerlo también con otras personas, y lento, y aún sin espacio, y habría pasado todo el pasamanos sin que él se dé cuenta, y entonces podía pasar las veces que quisiera, porque de todas formas era más suyo. Pero sus brazos no entendían. Y su mano derecha llegó a la siguiente barra mil horas después.
...Pero apenas sacó la mano de la barra donde estaba él, y que habían compartido durante años, él abrió los ojos. Ella no lo vio (estaba más atrás... más adelante), pero lo supo. Se quedó colgada con las dos manos en la barra siguiente a la de él, dándole la espalda, aguantando la respiración. Él abrió los ojos y sacudió un poco las piernas, estremecido, tembloroso, pero ¿estaba cansado? Porque veinte segundos antes no parecía. Justo en el momento en que ella iba a sacar la mano derecha para seguir, algo sonó. Algo cayéndose en la tierra, al pasto. Ella volteó: era una zapatilla anaranjada. Él seguía colgado de la misma barra,sin zapatilla. Lo miró, le vio la media, de ese azul tan rojo y supo: "es mío".

Detrás de ellos, otros niños ya jugaban en el subibaja.
Todavía nos quedaba una hora, así que seguí leyendo.

jueves, 17 de febrero de 2011

tengo que corregir esto.

No sé qué voy a ser. Quién voy a ser ni cómo voy a hacer para ser.
¿A los cuántos años naciste tú? ¿A los cuántos años suele nacer la gente?
Primero la angustia el no puedo más y después de pronto todo se enrosca de nuevo se comprime deviene silecio las palabras no piensan salir esta noche. Ni la siguiente.
Mujer Agujero, Niña Agujero.
Hasta la mitad y luego deshecha.
Da igual, ha podido llevársela el viento.
A estas alturas debería ser simplemente Agujero Agujero.
No se puede hacer nada más que escribir, cada ocho horas, después de cada comida. Con un vaso o medio con agua.
Cuando se ha nacido bajo la maldición de las Palabras NO SE PUEDE HACER NADA MÁS QUE ESCRIBIR.
Solo se vive cuando las hojas vacías te lo ordenan. Luego stop.
¿Qué tienen los dos mundos en común?
Solo puedo pensar en la sangre. Los hombres como tarros de sangre. Porque ni la belleza. Todo ensucia.

¿Cómo se puede escribir cuando se es incapaz de pensar? ¡¿A dónde se ha ido todo lo que yo era?!
Señor, la conciencia se me ha volado.

Todo me duele tanto...
Y entonces de pronto la felicidad casi agresiva porque estoy viva. Porque la pared y porque el sol y porque mañana.
Pero aún, es un momento de felicidad violenta...mientras todo el resto del tiempo la misma vida me duele tanto.

Ganas de gritar. Me miro en el espejo y no veo nada. Ganas de que llegue alguien a sacudirme la vida en te ra.
Así aparece Chica Temblor. Que mis lágrimas se escurran entre sus labios. Me mire. Me toque la cara con una mano. O seis.
Me levante, me regrese a mi.
Chica Temblor ven.
Tiene botas negras como de policía. Y nada de miedo. Me deja cerrar los ojos.
¡No! ¡Eva! Y a n o m á s l o s o j o s c e r r a d o s.
Pero todo me ha dolido tanto... Todo me muerde. Yo malherida.
Chica Temblor ven. A remendarme, subirme un poco la basta. Que no la pise ni la moje, para que no pese tanto.
Chica Temblor todos los días son buenos días tristeza vértigo y espejo y no ver.
¿Cómo se puede vivir con todo este vacío adentro? ¿Es magia? No siento nada por mi. No es que quiera morirme... Tampoco me interesa "vivir" (¿vivir?), pero como estoy viva sigo y ya.
You'll be a woman soon, dice. Chica Temblor will I be a woman?

Tanta falta, ma. Tanta falta. Tanta falta. Tant falta. Tan falta. Tan falt. Tan fa. Tan f. T.
Tantísima falta.
Sabor a puente.
Vacío como mil mundos marinos puestos uno encima del otro. De eso estoy hecha. De océanos de nada y nada puestos en capas y con ojitos de a dos por cincuenta demasiado grandes.

lunes, 14 de febrero de 2011

Escribir. Que es también volverse loco desde todos los lados oscuros del corazón.
Marcar las páginas con ser como se marcan las pieles con fierrocaliente.
Gente dormida, gente durmiendo... Eso sí, Solcito va al cole.
¿QUÉ ES ESTO QUE TENGO ADENTRO? ...inútil, ¡¡¡cada vez que trato de ES CRI BIR me voy!!! Se me pierde la cabeza la memoria la vigilia me guiña un ojo.
Otra vez la frustración y optar por llamarle VACÍO a todo...total, no puedo ver.
Solcito va al cole, though...
Algo estará bien.
¿En qué momento me he vuelto loca?
En este mundo ya no se puede hablar.
Lo único que admiro de Pizarnik es que ella sabe decirlo, por lo demás todo es buenosdíastristeza, todo vacío, todo da igual.
No soy capaz de decir algo "normal", ni una cosa.
¿En qué momento de esta noche de insomnio de agua?
No quiero vivir rodeada de gente. Está mal. Solo quiero que entre un torito por la ventana. Intentar juntos comernos la luz hasta morir.
Crear es el premio consuelo antes de subirse a la muerte.
Lo demás no importa.